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Slow Living, una vida pausada y con intención

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“Poco a poco”, “para el carro”, “tómatelo con calma”, “pasito a pasito”… Todos hemos dirigido alguna vez estas palabras a algún conocido que no está pasando por un buen momento, pero pocos son los que realmente logran aplicarse el cuento a ellos mismos. Como dice el refrán: “consejos vendo que para mí no tengo”.

La sociedad actual se mueve a ritmos frenéticos y el aumento del uso de las nuevas tecnologías no parece estar facilitándonos el trabajo, al contrario, aumenta nuestra sensación de estrés y ansiedad, así como también nuestra tendencia a compararnos siempre con el otro.

La ciencia ha demostrado que bajar el ritmo aporta muchos beneficios, tanto a nivel físico como mental, aliviando el dolor crónico e incrementando nuestra sensación de felicidad. Pero, ¿cómo luchar a contracorriente cuando los modelos de éxito que se nos presentan sobreviven con 4 horas de sueño al día y parecen poder abarcarlo todo? Todo requiere un cambio de mentalidad.

El slow living propone una filosofía de vida capaz de saborear la delicia que se esconde detrás de la lentitud, de reconectar con nuestras capacidades cognitivas, con nuestra sensibilidad e incluso con las propias tradiciones.

Ramificación del Slow Food

Este movimiento nace de la ramificación del “slow food”, un movimiento que surgió a principios de los años ochenta en Italia en protesta contra la expansión del consumo de fast food. Y es que todo lo slow parece llegar pisando fuerte, abarcando distintos ámbitos de nuestra sociedad actual e interviniendo incluso en el modo en cómo nos desenvolvemos en nuestras relaciones afectivas.

El cambio primordial que propone este estilo de vida radica en un modo de consumo sin impacto, más orgánico, sin procesados y local —en la mayor medida de lo posible— así como abandonar un poco los hábitos y los ritmos del mundo actual y regresar a la pequeña escala y a las tradiciones de la artesanía y de lo “hecho a mano”.

Pequeños cambios

Es prácticamente imposible abandonar de golpe los ritmos a los que estamos acostumbrados para subirse a la rueda del slow living, pero sí existen pequeños cambios que uno puede ir introduciendo en su rutina diaria para empezar a probar los beneficios que nos aporta el bajar el ritmo:

  • Detente para comer, presta atención solo a tu entorno y a aquello que tienes en el plato.
  • Convierte tus acciones más cotidianas en rituales pausados y conscientes y abandona el “modo automático”.
  • Añade más horas de sueño a tu rutina o respeta los tiempos que tu cuerpo necesita.
  • Durante un día, o simplemente una tarde, desconecta tu teléfono móvil y cualquier aparto tecnológico al que sientas que estás constantemente enganchado.
  • Suma tiempo de lectura lenta, aunque solo sean 15 minutos, y verás los beneficios que eso te aporta.
  • Aprende a decir no para poder decirte sí a ti mismo.

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